Algo en la Niebla - Capítulo 7 (Final)


(J.T.Yuimachi) #1

Perdidos

[…]¿Cómo dice? No, número equivocado. No, se ha equivocado de número… ¿Qué? Sí, sí soy el señor Dickson, Elmer Dickson, pero usted se ha equivocado de número mis hijos no pueden […]

Grabación telefónica de Elmer Dickson - 14 de Octubre, 2009

[…]Sí, soy yo. ¿Cómo dice? Sí, Mikey salió con unos compañeros de la universidad. ¿Qué? No… no es posible, él apenas es un joven y… Dios… no […]

Grabación telefónica a Margaret Debintold - 14 de Octubre, 2009

[…]¿Aló? Sí, dígame. Sí, soy yo. No ella no está aquí si es por quien pregunta, ella ha salido con dos chicos y- ¿Qué? No es posible… No, mi hija no podría […]

Grabación telefónica de Eleonor Stonehill * 14 de Octubre, 2009

•Ojos verdes•

— ¿Alguna vez te dije qué tan bellos son tus ojos?
—Por favor no digas eso. No. ¡Responde! ¡No me dejes! ¡No me dejes, Mel!

•Perdidos•

Los troncos oscuros y viejos de aquel pequeño bosque a orillas de la ladera de oeste de la montaña estaba también invadido por aquella densa y misteriosa niebla, que poco a poco se iba condensando en ese lugar, como si lo hiciera a propósito.
—Un momento.- Damien se detuvo al notar algo extraño entre los árboles. La pierna le había empezado a palpitar más de lo que antes ya le dolía, era producto de la infección que probablemente se debía a lo que sea que haya tenido ese perro azabache en medio de la niebla. No iba a verse la herida, no debía y tampoco quería hacerlo por temor a encontrar algo que era mejor no ver.
— ¿Qué sucede?- Valerie alzó la vista para fijarse mejor en la dirección en que observa Damien el bosque.
—No lo sé, pero algo me dice que hay algo como lo que me atacó entre los árboles y…
—Veo algo.-dijo Mike, mientras apuntaba con su dedo hasta un viejo roble. En uno de sus lados, una silueta que al costado del árbol mediría en altura un metro apenas, se asomaba con unos ojos amarillentos que brillaban entre la densa niebla y la oscuridad tupida del bosque.
— ¿Qué es eso?-preguntó Mel, acercándose hasta Mike.
—No quiero saberlo.
—Yo no quiero cruzar ese bosque.- comentó Valerie quien estaba aterrada y más recordando la herida de Damien. No quería que una criatura le provocara una así, quizás también en la pierna o peor aún, en la cara.
—Tenemos que hacerlo, nena.- Damien no volteó a ver a Valerie, estaba buscando entre toda la maleza algún sendero libre de toda vegetación que impidiera el avance de los cuatro.

El canto nebuloso se acercaba con prontitud y eso desesperaba a Damien quien estaba trabajando bajo presión para encontrar una salida. Esos ojos amarillos se acercaban también y no habría más tiempo para pensar. Era ahora o nunca. Qué camino.

Damien divisó una estrecha vía que parecía despejada, esta se dirigía más para el norte que para el propio oeste en sí, pero ahora eso no importaba, lo que se debía priorizar era escapar de esa montaña y sus alrededores y después buscarían la salida para poder volver a casa de una vez por todas.

—Por ahí.- gritó Damien, apuntando con el índice.
— ¿Podrás correr, Holy?- preguntó Mike.
— ¿Alguna vez has visto a un cojo ganar una carrera?
—No.
—Entonces no esperes mucho de mí.
—Mierda.
—Lo intentaré, tranquilo, pero si me quedo atrás y algo me llega a atrapar, corran. No importa qué y eso va para todos, nadie se detendrá para ayudar al otro. El que escape irá con la policía y vendrá aquí.

Nadie contradijo a Damien, quien ahora parecía haber tomado el rol de jefe del pequeño grupo.
Justo antes de echarse a correr los cuatro, el mayor de los Dickson le pasó la voz a su hermanito.

—Melly.
— ¿Sí?
—Si no salgo, lleva mi cuerpo a mamá y ponle mi nombre a tu primer hijo cuando lo tengas con Val.- guiñó un ojo y luego se lanzó hasta el bosque, internándose entre los árboles, acompañado de Mike.
Valerie sonrió avergonzada por lo que había dicho su amigo, pero esperaba a que fuera cierto.

Mel sujetó la mano de ella y se vieron a los ojos. — ¿Lista?
—Sí.
—Bien. Aquí vamos.

El sonido de las suelas de las botas de leñador de Mell se escucharon por los alrededores e hicieron eco entre los árboles ya arbustos de la zona. Le empezaba a sudar el cuerpo de la tensión. Esto era peor que una película de terror. Tenía que escapar y lograr llegar a la camioneta.
Dentro de su cabeza sonaban las indicaciones de su hermano mayor, como cuando eran pequeños y su madre les indicaba tal cosa o cuando Damien le ordenaba hacer algo porque él era el hermano mayor y pobre que no le hiciera caso. Ahora no era muy diferente, si no le hacía caso no sería Damien quien le daría una buena remienda.

Al fondo ya se podía ver el fin del bosque y la gruesa línea de la carretera 76 que los llevó hasta CursedMount y esa fantasmagórica niebla.

—La vez, Melly. ¡Es la carretera! ¡Sí!- Damien estaba excitado de poder encontrar la salida.
—Lo vamos a lograr.- le siguió Mike, quien alzó los brazos en el aire y los agitó de emoción.

Pasos, faltaban pasos y eso era todo. Cuando de pronto, detrás de ellos, un sonido de algo crujir llegó hasta sus oídos. Y a alguien se le ocurrió voltear. Ese fue el peor error que pudieron haber cometido, porque cuando su vista se posó en la oscuridad que dejaban atrás, se llevó con la sorpresa que miles de aquellos ojos amarillos plateados, centellaban entre los arbustos y parecían hacerse cada vez más grandes. Pero no era eso, simplemente estaban acercándose y eso era peor que hacerse más grandes. Sin embargo, al fondo, aquellas criaturas que habían visto antes se adentraban al bosque, lo más seguro, en busca de ellos.

—Corran.-gritó Mike. —No volteen. No miren atrás.
—Vamos, corran.- dijo Damien quien notó qué era lo que había atrás de ellos como el resto.

Las pisadas se tornaron más frecuentes y la sensación desesperante que provocaba la adrenalina fue tanta que llevó a los cuatro jóvenes a sentir ganas de gritar, de llorar o de simplemente desfallecer y ser (¿devorados?) presa de las cosas que lo seguían.

El primero en tocar la carretera con sus pies fue Damien, que a pesar de tener semejante herida debajo de su pantalón, se esforzó para llegar hasta la carretera. Sin duda era un luchador, pero faltaba más para llegar al final y debía seguir esforzándose.
El segundo fue Mike y los terceros fueron Mel Y Valerie.

Atrás ya no solo se escuchaban el crujir de ramas y hojas secas, sino ladridos. Pero eso era solamente en el caso de Damien ¿o lo escuchaban todos? ¿Cómo era?

— ¿Los escuchan?- preguntó Damien con el poco aliento que le quedaba.
— ¿Escuchar? ¿Escuchar qué?- preguntó Mel mientras volteaba atrás para tan solo ver a esos seres enorme y amorfos, moverse patéticamente por el suelo del bosque.
—Yo no escucho nada.- dijo Valerie.
—Yo tampoco llego a escuchar nada.- comentó Mike.
—Bueno, no importa, seguro estoy volviéndome loco. Bajemos hasta encontrar la camioneta y larguémonos de aquí ¿sí?

Todos aceptaron y siguieron corriendo por la desierta carretera hasta ver a lo lejos la dichosa camioneta, como si de un trofeo se tratase.
Tras ver la imagen del automóvil, la esperanza arribó en los cuerpos de aquellos muchachos y estos corrieron más deprisa.
—Damien tras correr mucho se está volviendo loco.- bromeó agotado Mike.

Todos querían reír, pero no podían, el cansancio de correr se los impedía.

—Vete al diablo, Martins.- dijo en un animado tono Damien.

Faltaba apenas cinco metros para la camioneta, cuando los ladridos de aquellas criaturas se detuvieron de golpe. Los cuatro chicos llegaron hasta la camioneta. Mel apoyó sus brazos contra el lateral del auto, mientras que Valerie caminaba hasta el capó del automóvil para hacer lo mismo que Mel. Mike por su parte apoyó su espalda y respiró profundamente, tenía el cabello sudado y húmedo a pesar del frío que la niebla transmitía.
—Lo hicimos, chicos.-dijo sonriendo Martins.
—Sí, lo logramos, Mike.- le devolvió el gesto Valerie.
Mel aún no hablaba porque estaba exhausto, pero entre ese descanso que se daba, notó que Damien no estaba relajado, sino que parecía alarmado, extrañado de algo en el ambiente que pronto todos notarían.

— ¿Qué sucede, Holy? ¿Aún no lo crees?- se le acercó Mike mientras buscaba la llave de la camioneta en alguno de sus bolsillos.
—Se han detenido.
— ¿Qué cosa?- preguntó Valerie alzando la cabeza, preocupada por el tono que Holy Dickson había puesto en su frase.
—Los ladridos, han parado en seco y eso no está bien.
—Yo creo que se están tan cansando como nosotros y ya se rindieron al no poder alcanzarnos.- volvió con sus chistes Mike mientras seguía tocándose los bolsillos.
—No, algo pasa.- dijo Mel, aceptando lo que sucedía con su hermano.

Los cuatro guardaron silencio, esperaban escuchar algo, pero eso era lo extraño, porque mientras corrían en el bosque habían escuchado el quebrar de las hojas secas cuando las pisan, pero ahora no había nada, ni siquiera el canto de ballena o el pitido de tren.

Tres de los chicos estaban atentos a lo que ocurriese en el ambiente, mientras que Mike seguía buscando en sus bolsillos. Faltaba solo uno y tenía la esperanza de encontrarlo ahí o si no, tendrían que esperar a que pasase otro auto por la carretera.

El silencio, solo era silencio hasta que…

— ¡La encontré!- dijo con euforia Mike, mientras sacaba la llave de la camioneta de su bolsillo trasero y se lo mostraba a todos.

De pronto, de esa oscuridad en el bosque una figura se abalanzó hasta ellos y entre todos eligió a Mike Martins. Parecía un perro y se había ido por el cuello de Mike.
Todos pegaron un grito, pero Martins no llegó a siquiera decir algo porque la criatura no dejo que dijera nada.

Después de ese pequeño shock que les provocó que aquello saliera de en medio de los pequeños arbustos y se abalanzara sobre su amigo, Damien corrió hasta lo que le pareció un sabueso y lo apartó de Martins a punta de patadas. Sintió como ese salvaje ser reaccionaba y se largaba, no sin antes verlo con ese rostro, tan parecido al de Rocky, incluso con esa mancha de sangre en su hocico como la que tenía en el garage, aquella vez que le mordió de la nada o no.

— ¡Dios!-gritó Valerie aterrada.
—Toma las llaves.- dijo Mike entre pequeñas gárgaras de sangre que terminaba por escupir.
—Oh, demonios.- Mel seguía impactado por la escena que acaba de suceder delante de sus ojos.

Damien se había agachado para auxiliar a su amigo que estaba en mal estado. Tenía el cuello mordido y parecía que empezaba a desangrarse, puesto que el perro le había mordido parte de la yugular y ahora perforada, su vida se iba lentamente en una agonía dolorosa y pintada de carmesí.

—Vamos, Valerie. Toma la llave, carajo.- Mike con la poca fuerza que tenía alzó las llaves y trató de dárselas a Stonehill, quien tenía un rostro de horror total, al ver tanta sangre y aquella criatura negra y huesuda.
Ella sujetó como pudo la llave, las manos le temblaban y quería que toda esa pesadilla terminase de una vez por todas y esa única manera de que todo llegase a su fin era encendiendo el motor de una camioneta marca Ford.
—Damien…-pronunció con dificultad Martins, quien sentía ese extraño picor en la garganta.
—No, no hables, Mike, estarás bien, pero no hables.- Damien trataba de encontrar algo por hacer con tal de ayudar a su amigo que estaba desangrándose, sentado cerca de la rueda trasera del vehículo.
—Damien… escúchame. En la guantera del auto hay un arma.- la sangre se le escapaba de la boca y del cuello, donde tenía una mano colocada tratando de que no se escapase toda.
— ¿Qué? ¿Un arma?
—Chicos.- Mel les pasó la voz a todos sin lograr su atención.
—Se la robé a papá antes de salir.- sonrió, mostrando sus dientes manchados de color. —Tómala y acaba con ese maldito animal, por mí, hazlo Holy. Defiende a los cuatro con ese juguete.
Damien por un momento dudó en hacerlo, pero al notar el estado en que aquella alimaña había dejado a su amigo, no dejaría que otra vez viniera por alguien distinto del grupo.
—Lo haré, lo haré.- se alejó de Mike y entró al auto que Valerie ya había abierto. Ella intentaba encender la camioneta, pero no servían los intentos.
—No enciende, Damien. ¿Qué hacemos?
—Sigue intentando.
—Chicos.-Mel volvió a pasar la voz al resto de los cuatro.

Damien abrió la guantera y en efecto, ahí estaba el arma, un revólver modelo Taurus 669. Al costado de este había una caja de munición que contaba con tan solo recarga y media de un tambor más. Era todo.
A Dickson le atemorizó la idea de usar un arma, jamás había tenido una en sus manos, desde que iba de caza con su padre, cuando apenas le dejaron disparar desde el rifle de caza que el señor Dickson cargaba al hombro con orgullo.

Respiró hondo y sacó de ahí el arma y la caja. Salió del auto con un poco de valor y volvió a su lugar con su amigo. Pero en el camino hasta Mike, Mel lo detuvo, estaba asustado y había una gran razón por qué.

Allá en la fría y húmeda oscuridad del bosque, los ojos plateados los observaban, acechándolos más furtivos que cualquier depredador intrépido.

—Tenemos que irnos de acá, las balas no será suficientes.- dijo en voz alta Damien.
Mel notó el revólver que llevaba en la mano y se asustó. — ¿Qué es eso que llevas ahí?
—Esto es lo que necesitaremos si algo de allá sale y quiere atacarnos.
— ¿De quién es esto?
—Del padre de Mike.
Damien se acercó a Martins quien estaba en un estado adormilado, casi completamente muerto.
—Te sacaremos ¿sí?

— ¡Mierda!- gritó Valerie desde la cabina del conductor. El vehículo no encendía.

El canto de ballena volvió a escucharse y esta vez solo a metros de donde se encontraban los cuatro. Debían irse y ahora.
Pero el lamento cetáceo no bastó, porque pronto los ladridos de perros que solo resonaban en la cabeza de Damien, se hicieron presente desde el bosque hasta la carretera 76.

Todos voltearon a ver de qué se trataba y no fue grato encontrarse con miles de esos extraños sabuesos calavéricos que corrían desde más allá del horizonte de sus vistas hasta el bosque.
Parecían como si no bajasen de la montaña, sino que salieran de la misma niebla.
Varios nuevos ojos amarillos plateados aparecían entre la oscuridad total del bosque, apenas se distinguía la luz de la Luna.

—Valerie, enciende la camioneta.- pronunció Damien alterado sin dejar de ver al bosque.
—Pero-
—Vamos, Val, hazlo, por favor.
A Valerie no le quedó de otra que aceptar y volver a intentar encender el vehículo.

—Mel.- Damien le pasó la voz a su hermano que solo atinaba a ver esos ojos sin alma, sin nada.
Pero Melly no respondió, así que tuvo que volver a llamarlo.
— ¡Mel!
El menor de los Dickson volvió en sí y respondió a la llamada de su hermano. — ¿Qué?
—Ayúdame a subir a Mike al auto, iremos hasta el pueblo donde nos hospedamos, seguro ahí hay hospital o un médico que pueda ayudarnos.
—Está bien.

Mike parecía muerto, pero estaba dormido. Había perdido mucha sangre y su ropa estaba cubierta de su fluido carmesí. Lo alzaron con cuidado y Mel se encargó de abrir la puerta de la camioneta para que pudieran recostarlo en el asiento. Estaban a punto de subirlo y dejarlo en el vehículo cuando los sabuesos de la niebla, oscuros y retorcidos, salieron de entre los arbustos, sabiendo que era buen momento para atacar, e incrustaron sus mandíbulas rabiosas en la espalda y el resto del cuerpo de Damien y Mike.

— ¡No!- Mel vio lo que le sucedía a su hermano y a su amigo y no pudo hacer nada. Varios de esos perros salvajes se abalanzaban sobre sus cuerpos y él simplemente no logró nada, más que sentir impotencia y rabia triste.

Valerie desde el asiento del conductor también notó cómo esas manchas azabaches con forma de animal mordían salvajemente a Damien y a Mike.

Damien sintió como esos dientes filudos se le clavaban en la espalda y el brazo y la pierna. Y como el peso de muchos otros hacía que el cuerpo de Mike se le escapara de las manos.
En un intento por hacer algo, Damien le alcanzó el revólver a Mel y con toda la fuerza de su voz le grito: — ¡Dispara!

No hubo respuesta por parte de Mel, pero con el arma en su mano, segundos después de que su hermano le lanzara un grito de indicación de emergencia, un estrepitoso sonido ahuyentador se escuchó como si de un trueno se tratase.

Mel disparó la primera bala del revólver contra uno de esos sabuesos azabaches que tenía sobre la espalda su hermano.
Nadie podía creer lo que pasaba, ni Valerie, quien aún reaccionaba por lo que sucedía, no pudo examinar ese momento porque simplemente era más que inesperado.

Luego vino el segundo disparo sobre otra criatura que jalaba por los pies a Mike, intentando llevárselo.
Tercer disparo, alcanzó a otro sabueso y a este le dio en la cabeza. Mel contempló cómo los sesos (si tenía algo de canino esa criatura) explotaban y salían en una mezcla carnosa y rosada del cráneo del animal.

Mel no tuvo que disparar el resto de las balas porque los demás garabatos infernales oscuros salieron corriendo, huyendo al bosque, a donde aquellas criaturas más grandes y quizás más feroces, las aguardaban.

Valerie salió de la camioneta y caminó hasta los tres chicos que estaban en el suelo, dos heridos y uno tratando de auxiliar a los damnificados.

—No puede ser… Dios mío.- Valerie quebró en llanto .
—Están muertos.- sollozó Mel.
Valerie se acercó hasta Dickson y lo abrazó, mientras que lloraba en su hombro. Ambos estaban tan lastimados como los que yacían en el suelo, con manchas de sangre y heridas con forma de dientes.

—M-me-el.- Damien movió un dedo y luego su mano y finalmente se levantó entre gemidos y un lento movimiento general.
— ¡Damien!- Valerie y Mel se emocionaron.

Antes de que Holy pudiera decir algo, ese canto de ballena, ese pitido de tren, se deformó en un grito de ira total, de odio amenazante a los cuatro chicos.

— ¿Y Mike?- susurró Damien.
Los dos chicos pusieron una expresión vacía y melancólica.
—A-aquí…- Martins trató de incorporarse por su propia cuenta, pero no logró hacerlo sino con ayuda de los otros dos chicos.
—Sigues vivo, maldito.-sonrió Damien.
—Seguro es de familia.- bromeó Martins.

Los perros volvieron, ahora ya no se escondían entre los arbustos, sino que se mostraban amenazantes, en posición de alerta, ante el más leve movimiento de los cuatro.

Damien se puso de pie como pudo y ayudó a su amigo a hacerlo.

—Supongo que debemos subir al auto y esperar a que todo pase.- sugirió Holy mientras abría la puerta para que pase Valerie y Mel.
—Sí.- asintió Mike, quien entendió a qué se refería Damien.

Después de que Mel subiese, la puerta se cerró y los otros dos muchachos se quedaron afuera, viéndolos desde la ventana.

— ¡Qué están haciendo!- gritó histérico Mel.
—Solo un favor.- sonrió Mike quien tenía todo cubierto de sangre y apenas podía hablar.
— ¡No pueden! ¡Suban al auto! ¡Qué hacen!- Valerie también quería que ambos chicos subieran a la camioneta y desde adentro pudieran intentar encenderla y escapar.
—Melly, toma.- Damien le entregó la caja con munición.
—Damien, no.

Los perros ladraban rabiosos, esperando a que los jóvenes que estaban afuera del vehículo intentasen algo. Y desde atrás esas criaturas monstruosas se aproximaban para lograr su cometido.

—Valerie.- dijo Mike.
—Mike, entra al auto y salgamos de acá, por favor.- Valerie lloraba mientras sujetaba el brazo del chico malherido.
—Escúchame, Val… tú siempre me has gustado. Discúlpame por ser yo quien dispersara el rumor de que te acostaste con Mel, lo siento mucho y creo que debo pagar eso.
—Mike, no es tiempo de que hagas nada.
—Solo recuerda eso ¿sí?

Damien se volvió a su hermano por última vez y lo único que dijo fue: —Cumple con lo que te dije antes de que corriéramos por el bosque. Adios, Melly.

Desde la ventana de la camioneta, Mel y Valerie pudieron observar como los chicos corrían hacía las bestias. Observaron cómo estas se dirigían hacia ellos y los atacaban sin piedad.
Poco a poco, todas esas bestias, como los chicos, se internaron en el bosque para ser consumidos por la oscuridad. Y los ladridos se detuvieron, incluso el canto de ballena, todo paró repentinamente.

Mel y Valerie se lamentaron por el sacrificio de los dos jóvenes que habían conocido a lo largo de los años y que ahora, seguramente eran devorados por aquellas bestias oscuras y de ojos amarillos plateados, que antes de correr hacia sus amigos, cambiaron de color para ser un rojo vivo, casi ardiente.

—Tenemos que salir de acá.- dijo Mel.
— ¿Qué? ¿Estás diciendo salir de la camioneta?
—Sí.
—Pero-
—No es seguro. Esas cosas pueden regresar y después seremos los siguientes y el sacrifico de ambos no habrá valido la pena.

Sin discutirlo, la pareja salió por la otra puerta y corrió camino abajo, hasta alejarse de la camioneta y de todo. No sabían a dónde ir pero aún así buscaban una ruta de escape.

Los perros y otras cosas pronto notaron su ausencia en el carro y eso los llevó a seguirlos carretera abajo. Los cazarían como habían hecho con sus amigos.

Mel y Valerie llegaron a un punto en el que simplemente su agotamiento pudo más que ellos y se echaron cerca de un árbol que daba ingreso al bosque. Reposar era lo que quedaba, pero qué más podían hacer. ¿Huir más? ¿Seguir carretera abajo? ¡Hasta dónde, maldita sea!
Las criaturas de la niebla llegarían pronto y no había escape de ellas, no de manera humana.
Mel vio el revólver que llevaba en la mano. ¿Cuántos tiros quedaban? ¿Acaso 2? ¿Tres?

Valerie tomó el revólver y lo alejó de Mel, quien inconscientemente se lo había dirigido a la cabeza.
—No.-sonrió ella. —No moriremos así.
— ¿Entonces qué?
— Entonces nada.
El canto de la niebla se acercó y terminaron rodeados por la niebla que empezó a volver el lugar insoportable a la vista.

Valerie notó que había sangre entre sus manos, pero no era suya.
— ¿Mel, estás sangrando?
Antes de que pudiera responder, ella misma notó que tenía la espalda con dos mordidas y una de su muñeca estaba drenando sangre.
— ¡Mel, estás sangrando!
—Sí.- dijo entre susurros con una piadosa y apagada sonrisa.
Mel cayó entre los brazos de Stonehill, estaba exhausto, lo único que quería hacer era dormir, quizás así podría despertar de esa pesadilla. Quizás solo estaba teniendo un mal sueño, quizás solo estaba durmiendo después de haber hecho el amor con Valerie en casa de los Capebell.

—Mel, será mejor levantarnos y seguir corriendo. Llegaremos a encontrar a alguien en la carretera o quizás una casa o un pueblo y…y-
Valerie no pudo terminar su idea porque Mel la besó. Sabía que se desangraba y que no tenía mucho tiempo.

“Alguna vez nos… nos”

—Valerie.
—Mel, por favor, resiste. Levántate y salgamos de aquí, hay tiempo. Podemos escapar.
—Te quiero.- sonrió él, con aquellos ojos cansados de todo.
—Yo también, Mel y por eso no te dejaré quedarte aquí, levántate.
—Valerie, estoy viendo ángeles. ¿Los ves tú?

Y era cierto, Mel estaba viendo a esas criaturas que él llamaba: “Hombres del cielo”, los veía ir y venir lentamente entre la niebla, esperando a que se uniera a ellos tras pasar por una lenta agonía.
—Mel…- Valerie empezó a llorar, aferrándose a él con todas sus fuerzas. No quería perderlo a pesar de que lo sabía. Sabía que lo haría, que pasaría.
—Tú eres uno de esos ángeles, Valerie. Lástima que no perteneces con ellos.
—Mel, por favor…
Mel volvió a besar a aquella chica de hermosos ojos que parecían los de su collar, esos ojos de gato, tan misteriosos que aquel que descifrara el secreto moriría. Y él lo había logrado, lo habái descifrado, ahora era tiempo de pagar.
—Mel, intentemos escapar. Por favor.
Mel Dickson empezaba a sentir como perdía fuerzas y cómo lentamente la imagen del rostro de Valerie se iba perdiendo entre la niebla que los rodeaba.
— ¿Alguna vez te dije qué tan bellos son tus ojos?
—Por favor no digas eso. No. ¡Responde! ¡No me dejes! ¡No me dejes, Mel!

La niebla los cubrió a ambos y no hubo monstruos, no hubo nada más que silencio y el último grito de Valerie fue ahogado por ella misma, por su silencio. Silencio que se guardó en el ambiente hasta que amaneció, hasta que se encontró la camioneta abandonada por dos hombres, uno mayor que el otro. Hubo silencio, pero ese grito perduró que los rayos del sol obligaron a la niebla a retroceder a su guarida, donde los misterios que se encierran es mejor no saberlos nunca y donde aquellas criaturas habitan, volviéndose en lo que más teme aquel que visita su territorio, los miedos y las pesadillas.

Algo en la Niebla.


(system) #2

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