Las Balas Correctas


(CHILLER) #1

LAS BALAS CORRECTAS

La negrura de la noche cubre el bosque entero, los densos arboles no permiten que la luz de la luna llena penetre más que en forma de tenues destellos que permiten ver apenas nada. Él va de caza, le acompaña su sabueso y se ha armado con un viejo mosquete que no se ha disparado en lo que él tiene de vida; su amada aguarda en las periferias del bosque, en una choza de madera, el humo sale de la chimenea y se esparce en el cielo hasta desaparecer, como si de blancos fantasmas se tratasen; el padre le ha dicho que debe traer una presa para la cena, en una prueba de hombría si desea tomar la mano de su hija.

  • Debes de tener cuidado en el bosque -ella le ha dicho-, seres entre los árboles, cristales rotos, voces atormentadas, nada es real; sin embargo no descuides tus pasos y recuerda el camino de regreso. Le ha despedido con un beso en la mejilla y su negra piel se mezcla con sus suaves labios.
    La noche avanza y su corazón le ruega por esperar, la presa no ha aparecido, su respiración transmite temor, la razón es una terrible imagen, nada sobre natural, sino la de él perdiéndola al verse fracasado en su prueba.
    El sabueso le acompaña, le implora por algo, ya no desea gloria ni grandeza, no desea triunfos ni vítores; lo más pequeño servirá, lo menos heroico será lo suficiente para que su mente y su alma abandonen la negrura que rodea a su cuerpo, será lo necesario para encontrarse por siempre en los brazos de su amada, en la calidez de sus caricias y en la seguridad de la certeza del derecho obtenido.
    Hay una luz en el bosque, hay un rostro entre los árboles, hay un cuerpo que cojea. Entorna los ojos y nada cambia, escucha pero no percibe, aun así ve que el can actúa diferente…la realidad ha abandonado el plano de las fantasías y las visiones, y ahora se posa frente a él.

  • No puedes ir a cazar solo con un sabueso y un arma oxidada –dice el extraño, su voz es grave y cortada, su rostro es pálido de una blancura impoluta, sus dientes amarillos y sus ojos son de un café brillante y seductor-, no regresarás con la anhelada presa si disparas al azar.
    Él retrocede, apuntando su inservible arma al extraño, el sabueso sin señal previa se lanza a la huida, corre presa de un instinto inefable y se pierde en la densa noche. El dueño permanece, atento y a la expectativa, el frió se ha apoderado de sus extremidades y el único calor que siente se encuentra apuntalado en su palpitante pecho.

  • Toma mucho más que determinación y coraje, o le dispararas solo a la hojarasca y a las ramas desperdigadas –su voz se hace más audible, camina un poco más al frente, se acerca al cazador, que permanece en su lugar, aun apuntando al extraño-, puedes perseguir hasta que el astro salga, por qué ser tonto si aquí estas ciego y eres desgraciado…si deseas llevar algo para ellos, regresar con fuego en la mirada y tomar sin duda lo que anhelas, tengo las balas correctas en venta.
    El cazador, inundado de súbito por una esperanza que cubre todos sus temores y dudas, el deseo del sueño cumplido lleva sus brazos a los costados, el arma cae con un sordo eco, su mirada se pierde en los ojos de aquel hombre y de pronto le infunde una sensación de calor, que ahora cubre todo su cuerpo. Una lagrima brota y recorre su mejilla, impoluta desde su origen, marca en su rostro una blanca línea y cae en sus sucios ropajes convertida en una gota negra.

  • Tener treinta deseos de plata tiene un bajo precio, serán tus amuletos y asegurarán un buen futuro para ti, ni uno solo será desperdiciado; no solo tu victoria sino tu grandeza y orgullo estarán asegurados –Dice el extraño con una voz suave, dulce y seductora, coloca su brazo sobre el hombro del cazador, y le ve como una madre a su amado hijo-, solo quiero que seas feliz, es mi único deseo, arreglaré tu mosquete, te daré presas y la cuchara tendrá su plato. Tiemblo ante el pensamiento de tu bolsa de cazador vacía, así que mantendré el infortunio alejado, los barriles rebosantes de vino y bendeciré tu lecho.
    El cazador lleva con esfuerzos su abultado saco, los roídos hilos dejan un rastro de sangre tras sus pasos, lleva una sonrisa en el rostro y la blancura de su piel refleja los tenues destellos de la luna.
    En un claro en el bosque, hay un extraño con un oxidado mosquete, no lleva balas, pues las balas correctas están ahora en donde deben estar. Levanta la mirada al cielo y a la luna llena, sus ojos cafés contrastan con su negra piel.